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GEDILMA: Un punto de partida.

Quién iba a pensar que aquel lugar rodeado de árboles, unos cuantos perros, un puesto de jugo de naranjas y con aires de hogar, fuese nuestro centro de práctica y quién iba a pensar también, que a través de Edilma Salazar de Cano, conoceríamos la historia de GEDI y parte del Municipio de Itagüí.
Exterior de la Corporación ambiental GEDI
El proyecto GEDILMA, es resultado de un proceso de ciertas visitas, entrevistas, fotos, videos y tertulias al lado de una mujer que ha luchado de la mano del arte y el saber ambiental, para afrontar las problemáticas socio-ambientales y educativas del barrio la Unión y del municipio de Itagüí. Edilma Salazar ha sido una artista que utiliza el arte y su capacidad comunicativa propia del lenguaje para ir más allá de las lógicas del consumo del arte y de las reglas concretas del lenguaje para extraer del arte y sus manifestaciones, espacios y experiencias estéticas como la siembra, la poesía, el chiste y la trova para resignificarse como mujer.
Como muchos de nosotros, que en algún momento de nuestras vidas nos han puesto o nos hemos puesto un sobrenombre, un alias o un seudónimo tratando de caracterizar nuestra personalidad, así lo ha hecho también La Flor del chiste y La Artesana de la Vida. Edilma Salazar, caracteriza en aquellos seudónimos, el amor infinito y la profunda alegría que tiene hacia la vida y la importante dedicación por construir y formar los valores de la libertad, el amor, la alegría y el buen cuidado consigo misma, con el ambiente, con el barrio, con los otros, con la naturaleza y con la vida misma.
Club amigos del árbol, es la iniciativa de La flor del chiste por preservar los lazos del barrio La Unión, ubicado en la Zona D del Municipio de Itagüí. Edilma Salazar realiza, quizá, una de las tareas más difíciles e importantes de lograr en un colectivo, en un club, en una clase y en la educación, generar espacios de sensibilización era la tarea para volver a unir lo que estaba separado en el barrio La Unión. La comunidad y su entorno debían a unirse para recuperar la identidad y el bienestar colectivo, devolverles la chispa a los jóvenes y a todos aquellos que vivían en La Unión y de ser posible en el Municipio de Itagüí, para así construir una comunidad en la que prevalezcan las particularidades y esté al lado de un ambiente sano y un buen vivir.
Hablar del Club Amigos del Árbol, es hablar de GEDI y de sus inicios en 1985, año marcado en Colombia por acontecimientos como la explosión de volcán y el manto de ceniza que cubrió a Armero y sus 25 mil muertos y el problema que da origen a la corporación, la tala de árboles a los alrededores de Ditaires. Tanto GEDI como el Club amigos del árbol, tienen en sus venas y en sus corazones el profundo dolor que acobijó a Colombia durante los 365 días de 1985 y, una memoria penetrada por los desastres y la violencia que han generado las guerras en la trama de la vida, de nosotros los seres humanos. El Jefe indio Seattle, en la versión de Ted Perry, en el libro la trama de la vida de Capra (1996) lo dice así: “El hombre no teje la trama de la vida, no es más que una de sus hebras. Todo lo que le hace a la trama se lo hace así mismo” (p.13) y todo lo que se haga así mismo, se lo hace a su semejante, con el fin, de recordar una historia y tenerla tan presente que permita reconstruir el tejido social y ambiental.
El Club Amigos del Árbol y su participación en GEDI, trae consigo una integrante muy valiosa quien con el tiempo se encamina por los ideales del saber ambiental y que los vientos de la vida han arrojado a nuestro lado, Paula Urrego, nuestra maestra cooperadora y quien dirige los procesos de los practicantes en GEDI.
La flor del chiste, además de acompañar y guiar a una persona como Paula, integra también, en sí misma un aspecto fundamental de su vida y es el Arte. El arte es, para la Artesana de la vida, el acto más sublime del corazón con el que el ser humano puede expresar las pasiones, los deseos, las alegrías, las tristezas, sus ideas y miles de sentimientos más por medio de expresiones como el canto, las manualidades, la trova, la poesía, la siembra, entre otras y así vivir conscientemente. El arte, como una posibilidad del lenguaje  y sus manifestaciones le permiten a Edilma generar espacios de sensibilización, de creación, de significación, de re-significación y de construcción de identidad como sujetos, como comunidad, como naturaleza, como tierra, como cuerpo, como vida, como…lenguaje; quizá, es por esto, que el arte sea una herramienta de alta importancia y solidez en los procesos de la corporación, pues, desde que se entra al centro de práctica se puede oler, escuchar, toca y ver el aroma a hogar y a arte.
Edilma Salazar, se convierte así, en un referente con alta importancia, que articula mediante el arte, la literatura, el saber ambiental y la labor social a cuestiones centrales de nuestro objetivo o acuerdo general: convivencia y re-significaciones de concepciones ligadas a lo ambiental, a la figura del líder social hombre, al artista y al literato.

En GEDI se respira, se escucha, se toca, se ve y se siente Itagüí, Colombia, GEDILMA y la Naturaleza:
Soy industria, edificaciones que reflejan el ingenio de quienes encontraron en mí un lugar para echar raíces. Es el ruido y el hollín, lo que algunas veces rápido y otras lento, muy… lento, corre por mis arterias. Huelo a cebada, a un dulce extraño procesado y a hidrocarburos que salen de la destilación del petróleo. Soy la mirada del hombre, ese que aún es niño y que, parado en una de mis esquinas, cree protegerme de un habitante silencioso que sin darse cuenta también se ha apoderado de él.
Mis raíces son potreros, tierra y pasto verde, no alquitrán como creen quienes me visitan, por eso me sacudo y evito que éste se adhiera a mí, aunque a algunos no les gusta, porque sé que se les hace difícil transitarme.  Pero… eso no es lo que me tiene vivo.           
Yo vivo porque estoy lleno de las sonrisas y las semillas que en cada esquina se escuchan, por el olor que expiden mis pulmones: El Cerro Manzanillo, Los Tres Dulces Nombres, El Cacique y el Humedal, además, del sudor de quienes me cultivan y me habitan, del hidrógeno y el oxígeno que brota por mi Quebrada Doña María. Estoy hecho de la pujanza y la entrega de los niños que hacían parte del Club Amigos del Árbol, pequeños guerreros que lucharían contra ese habitante silencioso que es la violencia. Niños liderados por una de las mujeres que más me ama y a la cual siempre llevo en mí ser, Edilma.
Ese soy yo, la lucha de quienes me habitan, las enseñanzas y acciones del grupo como la Corporación Grupo Ecológico de Itagüí. La entrega y tenacidad de Don Diego y Doña Benedicta. Las buenas intenciones de Don Luis Mejía y las esperanzas llenas de amor de quienes me recorren todos los días y saben escuchar mis palabras a través de lo natural.  Ese soy yo… Itagüí y vivo para embosquecer…


Para dejarse embosquecer…


Llegar a una corporación ambiental y ser un estudiante de humanidades y lengua castellana no es muy común. Solemos saber sobre tiempos verbales, novelas, ortografía y poesía... Los espacios que habitamos, por lo general son encerrados, lo nuestro son las bibliotecas, los salones de clase, clubes de lectura, librerías… por lo mismo llegar a hacer las prácticas a una corporación ambiental tiene otras implicaciones, espaciales e incluso temporales que hacen notar otras realidades con significados y sentidos diferentes, que se articulan con nuestro saber específico, para así, paso a paso abrirse a nuevas realidades e imaginarios.

La Corporación ambiental GEDI está ubicada en una oficina bajo el estadio Ditaires de Itagüí y este a su vez está en el Parque con el mismo nombre, un lugar que tiene el museo de Itagüí, que era la casa de don Diego Echavarría Misas el antiguo dueño de la finca Los aires de “Dita”, que hacía referencia al apodo de su esposa Benedikta zur Nieden, luego la finca pasó a llamarse Ditaires por asimilación fonética. Don Diego, era un filántropo que realizó muchas donaciones en todo el Valle de Aburrá y sembró varias clases de árboles en la que era su finca, Ditaires, esta fue reducida para la construcción de la Casa de la Cultura de Itagüí, el colegio alemán, barrios y avenidas, además de una zona deportiva. Sin embargo, Ditaires sigue conservando una amplia zona verde con muchos árboles que el mismo don Diego y doña Dita sembraron y hay también un humedal con una gran biodiversidad, que sigue siendo motivo de lucha por su preservación, porque en los barrios se quiere seguir construyendo, sin tener en cuenta la importancia de este ecosistema. Por ello, el humedal busca convertirse en un APU (Área Protegida Urbana), a través de acciones educativas, que es donde se ve directamente involucrada la Corpo.
Paula Urrego (Camisa amarilla)  y practicantes bajo el árbol Olla de mono en Ditaires. 

Además, GEDI afuera tiene una huerta y una zona en la cual se hacen pacas biodigestoras, donde se prepara tierra abonada.
Así que nuestra práctica implicó conocer a don Diego y a su familia, aprender e investigar sobre árboles, plantas aromáticas, flores, semillas y alimentos, además de sembrar, cosechar, caminar reconociendo árboles y hasta recogiendo hojas para algún taller, también llevar desechos orgánicos a las pacas biodigestoras, incluso ver cuando muchas crisálidas se trasformaban y emergían como mariposas. Así que, nuestra práctica no se desarrolló dentro del marco de lo “normal”. Significó crear relaciones con las plantas más allá de pensarlas como recursos o como simple paisaje y ver en ellas muchas historias, su transcendencia en las culturas, en las personas y observar otras posibilidades de relación e interacción que propiciaron transformaciones en la concepción de sí mismo y del mundo en el que estamos, cabe anotar que todo ello encaminado al hacer pedagógico y didáctico.
Crisalidad de una Mariposa
La coordinadora de la Corpo, Paula, fue mediadora en este proceso y por ello nos hacía la invitación a construir una relación con las plantas. Del mismo modo nos proponía varias actividades, lo primero fue escoger un árbol de Ditaires, que nos llamase la atención o sobre el cual quisiéramos saber más, para luego pintarlo en una camisa, que se convirtió en la representación de que los practicantes de humanidades y lengua castellana, éramos parte de la Corpo.
Más adelante nos compartió información para sensibilizarnos con respecto a las semillas, pues en GEDI hay un banco de semillas orgánicas, de modo que nos contó sobre la “Red guardianes de semillas”, que tiene incidencia a nivel de Latinoamérica. La Red busca proteger, preservar y reproducir las semillas nativas y orgánicas, para contrarrestar la agroindustria de empresas que desarrollan semillas modificadas genéticamente, estas últimas crean un impacto ambiental negativo en tanto que no se reproducen, es decir, no vuelven a dar semilla para iniciar otra siembra, asunto que para los campesinos y agricultores implica más inversión y menos ganancia, además la técnica que se suele usar es el monocultivo, es decir, se siembra un solo alimento o planta en varios metros y no se hace rotación de cultivos, acción que debilita la tierra, ya que las plantas necesitan diferentes nutrientes según su especie y si solo se siembra un tipo de planta, esta agotará todo ese nutriente que necesite y la tierra quedará en desequilibrio. Sumado a ello las semillas modificadas suelen necesitar abonos, fertilizantes y pesticidas que no son naturales y que son peligrosos para la tierra, los animales, las mismas plantas y hasta para los seres humanos.
Estante de semillas en GEDI
Más aún, en este punto, también vale resaltar el valor simbólico y cultural que tienen las semillas, pues una semilla es un universo dormido allí dentro, que solo necesita calor, agua y tierra para despertar. Ellas están acompañadas de historias, de recetas, de usos mágicos religiosos, de formas de sembrarlas, de cultivarlas, en ellas también convergen los pueblos y sus tradiciones, están cargadas de sentidos.
Por consiguiente, la Corpo nos invitaba a preguntarnos qué historias y sentidos podía tener una semilla de laboratorio, si desde su misma creación cortaba con toda esa carga simbólica y de reproducción, de vida que poseen las semillas. Aquí se tejió una de tantas razones que nos invitaban a rehacer acciones sociales a partir de la sensibilización con las semillas y las plantas, para entender la trascendencia económica y cultural que tiene sus usos industriales en contraposición de sus usos ancestrales y artesanales.
Por otro lado, la relación también se hilaba entre las plantas y la experiencia artística o estética con ellas. A través del arte y su conexión con la naturaleza, en tanto campo de posibilidades, ya que la pregunta por las plantas movilizó el campo estético y experiencial con la vida, en este caso la vida vegetal. Si veíamos una flor o un árbol, que ya identificábamos o queríamos identificar, le tomábamos la mejor foto posible, la dibujábamos, investigábamos si tenía historias, usos, mitos, hasta le podíamos crear una historia o un juego. Resulta que veíamos más “verde” por todos lados, o mejor, empezamos a ser más conscientes de su existencia e importancia y el gran valor de todo ello en la vida.
Sembrando a Tiago, un árbol Jaboticaba, en las afuera de la corporación GEDI
Es así como la expresión tomaba forma de planta a través de los diferentes gustos de cada uno: fotografía, movimientos, historias, palabras, dibujos…
Tejer estas relaciones es un campo de posibilidades para expandir sentidos, formas de ver, de nombrar y en consonancia formas de hacer.
El saber ambiental nos enseñó sobre la alelopatía, que es una práctica ancestral donde se asocian diversas plantas para que se beneficien mutuamente, así hay plantas acompañantes, plantas repelentes, plantas trampa. Las primeras sembradas intercaladas en medio de un cultivo ayudan en el crecimiento de unas plantas e inhiben el crecimiento de otras, por ejemplo, el ajo repele insectos nocivos y atrae otros benéficos, ayuda al crecimiento del tomate, pero no en el de las arvejas pues no las deja crecer. Las plantas repelentes, como lo dice su nombre repelen insectos o plagas que pueden afectar el cultivo como lo es la ruda, que recomiendan sembrarla junto a plantas pequeñas como el orégano y finalmente, las plantas trampa desvían atraen insectos que pueden ser perjudiciales para otros cultivos, por ejemplo, el tabaco tiene una textura un poco pegajosa en sus hojas y muchos bichitos se quedan allí pegados (Fundación Secretos para contar, 2014).
La alelopatía fue otro modo en cómo entendimos y asociamos la convivencia, a partir de la complejidad de las interacciones que hay entre las plantas. A través de este conocimiento ambiental podemos crear puentes en donde estar juntos puede signifique convivir de manera “alelopática” en consonancia con la vida y la convivencia que implica la misma existencia.
Así, nos fuimos dejando embosquecer, nos fuimos embosqueciendo a medida que creábamos diversas relaciones e intereses con las plantas, cuando nos dimos cuenta que no éramos tan dispares. La relación se basa en lo sensible y se va creando en la cotidianidad, con el solo hecho de saber que existen y empezar a reconocerlas, empezar a hacerse consciente hace que las veamos, busquemos, nos preguntemos y se les ponga atención. Implica ser observador, buscador de detalles y finalmente permitirse explorar en busca de otras asociaciones y formas de estar y convivir.

Finalmente, es por todo este bosque que se creó en nosotros, gracias al saber ambiental, que en este trabajo investigativo se titula cada apartado con los nombres de las diferentes partes que componen las plantas, ello en busca de mostrar el sentido de esos nombres en el presente proceso y también el tejido que ha implicado para nosotros la relación que se establece a través de nuestra área específica y diversos conocimientos como lo es el saber ambiental y la experiencia estética.

Deformando absolutismos a través del cuerpo, las plantas, la música y la imagen.

Cambiamos el verde del pizarrón por el verde de los árboles, los pupitres por troncos viejos que servían como asientos, las rejas por montañas y la luz eléctrica por un sol radiante o un cielo nublado que anunciaba una fuerte tormenta. Entre actividades hogareñas y conversaciones cotidianas como la tardanza del transporte público, el hacinamiento en la ciudad o la intensa carga académica que generaban ciertos cursos de la universidad, nos encontrábamos explorando y extraviándonos en lenguajes que reconocíamos, pero que poco a poco fuimos dejando pasar por nuestros cuerpos. Este contexto fue determinante para la construcción de talleres y formó en nosotros un estilo de enseñanza poco usual en el que un juego de palabras para nombrar nuestras creaciones o la implementación de materiales didácticos como semillas, palas, tierra y polvo de tiza se convirtieron en las herramientas que nos llevaron a la creación de estos.
Cazador-cazado fue el primero de los talleres y lo dirigimos a nuestros compañeros y profe de la práctica. Allí pretendíamos explorar, a través del juego, cómo leíamos, nos relacionábamos y reaccionábamos ante determinadas emociones-lenguajes que surgían en la relación entre el otro, lo otro y nosotros mismos. Sonrisas, silencios, dolores musculares, sudor, una pelota y un largo desplazamiento entre territorios fueron algunas de las características que envolvieron el proceso de creación de este taller. La pretensión por lograr claridad en la comunicación entre los participantes y nosotros se volvió un asunto que sólo evidenciamos en la ejecución del taller. Los resultados fueron caóticos, nuestros esfuerzos por evitar confusiones fueron contrarios a los deseos como grupo. Naufragamos en un mar de metáforas que nos llevaron a la pérdida aparente de nuestro viaje, sin embargo, después de dialogar y considerar cada una de las observaciones de los participantes y de nosotros como facilitadores, comprendimos que el caos es tan necesario como el orden. Era nuestro primer taller y las posibilidades de aprendizaje eran tan grandes como quisiéramos, así que empezamos a distribuirnos funciones específicas en cada taller de acuerdo con las potencialidades de cada uno, lo cual nos ayudó y permitió que los próximos talleres fluyeran un poco mejor.
Durante el período de prácticas tuvimos la posibilidad de desarrollar actividades y talleres encaminados a ejercicios de escucha, lectura y construcción de saber ambiental. El trabajo en equipo y los procesos colaborativos fueron parte esencial para reconocer que, aunque no se tuviesen ideologías, gustos, conocimientos y edades similares; el desarrollo de procesos de saber ambiental que resignifican la convivencia se estaba logrando, ya que se evidenció una articulación entre los participantes de cada taller, nosotros como talleristas-participantes y la información brindada antes, durante y después de las actividades. Los espacios al aire libre, las herramientas como pinturas, colores, telas y la imaginación permitieron la relación experiencial y vivencial con el hacer que cada taller suscitaba.
El taller como método didáctico para el desarrollo formativo, fue el mejor en que materializábamos nuestro objetivo, ya que nos permitió hacer parte de la construcción de procesos de saber ambiental desde el rol de facilitadores y participantes, pues según la línea planteada en el referente de la convivencia, esta construcción no sólo se da desde el otro y lo otro, sino también desde la relación con uno mismo. Además, la participación, toma de decisiones, escucha, lectura y encuentro del propio cuerpo y, la posibilidad de ver otros conocimientos no como verdades absolutas, sino como diversidad de saberes, fueron aprendizajes que destacaron gracias al hacer que permite el taller como método didáctico. Respecto a lo anterior Ander-Egg (1991) citado por Montoya Cuervo y Zapata López (2005, p. 29) afirma:
Se destacan ocho supuestos y principios del taller que son: aprender haciendo, metodología participativa, pedagogía de la pregunta contrapuesta a la pedagogía de la respuesta, entrenamiento que tiende al trabajo interdisciplinario, relación de tarea común entre talleristas y participantes, carácter integrador entre teoría y práctica, exigencia de trabajo grupal y uso de técnicas adecuadas, integración en un solo proceso de reflexión teórica sobre la acción que se lleva a cabo. (p. 29)
Así pues, los procesos colaborativos y participativos fueron fundamentales incluso entre nosotros como grupo de maestros en formación, ya que a partir de conversaciones en las que el tema central no siempre fue nuestro trabajo de grado, encuentros inesperados en medio de la universidad o caminatas alrededor de la Corporación Ambiental GEDI, tejimos puentes que nos acercaban a una visión interdisciplinar de la formación. Estos encuentros estuvieron llenos de sonrisas, juegos para activar nuestros cuerpos, lágrimas y resquemores que permitieron construir una visión de la comunicación en la que los procesos de formación en saber ambiental y convivencia pudieron generarse a través del lenguaje metafórico, el arte y el juego. Es significativo e importante resaltar que, gracias a nuestro centro de práctica, la Corporación Ambiental GEDI, se logró la ejecución de diversos tipos de actividades en los talleres, ya que tanto el espacio geográfico en el que se encuentra ubicada la sede principal, como donde tiene presencia y accionar su misión, sirvieron como lugares de desarrollo para la materialización de nuestras ideas y objetivos de formación.
El trabajo colectivo por una misma causa social, lo vivimos en El Centro de Desarrollo Cultural de Moravia y la Fundación Irradia a través de la Corporación Ambiental GEDI, ellos posibilitaron una jornada de voluntariado y siembratón[1]. La actividad logró una conexión comunicativa directa con niños y padres de familia del sector, quienes además de sembrar plantas, también pusieron a germinar ideas y experiencias de vida con palabra, ella como semilla de transformación social. A través de las historias que nos contaban y el trabajo que realizábamos, se tejía una convivencia en pro de la vida. La participación ciudadana, apropiación y respeto por la tierra concebida como el territorio que todos habitamos, el amor y la entrega a los procesos de formación ambiental que construyen sociedad fueron algunas de las características que percibimos en los participantes de la actividad y en nosotros mismos.
Los talleres evidenciaron puntos de convergencia, el entrelazamiento que se da cuando se habla de convivencia, de saber ambiental, muestra de ello fue el taller realizado con los jóvenes, representantes de la Red de Liderazgo Juvenil Ambiental del sur y suroeste antioqueño en el Parque Ditaires[2]. Ellos dejaron claro que su principal apuesta es la conservación y respeto por la vida en todas sus formas, mirada que compartieron sin darse cuenta, con los habitantes del barrio Moravia y nuestra propuesta por el desarrollo de procesos de saber ambiental.
Con los jóvenes exploramos el parque y su humedal[3], y realizamos una carrera de observación, una búsqueda del tesoro en la que debían indagar a través de sus distintos sentires algo que ellos considerarían verdadero, ello con el fin de no crear expectativa sobre una verdad absoluta, sino de generar una conexión entre ellos y el espacio que habitaban. En el camino identificamos árboles como el olla de mono, el árbol del pan, el mango y el balso a partir del tacto y la escucha, ya que quisimos cubrirles los ojos para que tuviesen una lectura diferente del espacio y además los unimos con una cuerda que les recordaba tanto a ellos como a nosotros, quienes éramos sus ojos, que siempre estábamos conectados con las otras formas de vida y que nuestras acciones podían incidir en el habitar de ellas. El taller culminó con un conversatorio en el que tanto los jóvenes como nosotros, pudimos hacer una lectura y retroalimentación de lo observado durante el recorrido, exponiendo conclusiones ligadas a la formación de saber ambiental por medio de prácticas pedagógicas que rompen con las dinámicas tradicionales de la educación moderna.
Cabe resaltar que, sin duda alguna el tesoro más grande lo estábamos descubriendo nosotros como maestros en formación, al darnos cuenta de que “el taller en un proceso investigativo es un instrumento válido para transferencia, apropiación y desarrollo de conocimiento, actitudes y competencias, de una manera participativa y pertinente a las necesidades y cultura de los participantes” (Montoya Cuervo & Zapata López, 2005, p. 28). Las voces de quienes son nombrados como participantes se elevaban como palabras vivas que se hacían cuerpo en cada sonrisa, mirada atenta, mano levantada o exclamaciones que afirmaban el gusto y el placer por aprender a través de una realidad diferente a la convencional. Eran esos momentos los que cargaban de significado nuestra práctica pedagógica, se entrecruzaba allí lo no académico de la experiencia recorrida con lo académico de la reflexión previa y la que sucedía en ese espacio que cada vez se sentía más como nuestro hogar.
En último lugar, mencionaremos dos actividades didácticas que abrieron las posibilidades de expandir nuestro proceso de formación, debido a su gran impacto formativo. Ruta Bundearte fue un taller que hizo parte de un carrusel en el que estaban integradas cada una de las propuestas de grado de la línea de investigación. Éste se llevó a cabo en la Corporación Ambiental GEDI[4] y el Parque Ditaires. Tuvo como objetivo explorar a través del baile y la pintura puentes discursivos para leer, avizorar e interactuar con el mundo. Dichos puentes hacían referencia a los lenguajes que utilizamos en nuestra cotidianeidad para comunicarnos con los otros, lo otro y nosotros mismos. Las actividades desarrolladas estuvieron enmarcadas en tiempos que previamente habíamos considerado y tanto la utilización de las herramientas, como la disposición de los objetos en el espacio, estaban indicando un mensaje claro para el participante del taller, disfrutar y sentirse libre creando a partir de movimientos corpóreos y de los sentires que producían diferentes sonidos en ellos. En el proceso de creación del taller nos preguntamos por aquello que conectaría a los participantes con la actividad y nosotros mismos. Algo material que detonara una constante disputa por aquello que somos y no somos, asumir lo que usualmente no asumimos por desconocimiento o no reconocimiento en nosotros mismos. Surgieron entonces dos ideas, la primera, construir un bus de cartón que tuviese una ruta única llamada Ruta Bundearte[5], un bus que sólo se movería si todos los que estaban en su interior se movían al unísono. Y la segunda, finalizar el recorrido de la ruta con una fiesta por la vida, donde la música sería el combustible que explotaría el danzar de nuestros cuerpos haciendo evidente nuestro sentir y el de cada participante en una creación artística individual y otra colectiva a través de herramientas como la pintura, el papel, polvos de tizas de colores que nosotros previamente habíamos creado y una tela negra y grande que simularía el espacio colectivo que todos haríamos posible al movernos. Ello recordó que somos parte del otro y que el otro es parte nuestra, que nuestro andar no sólo nos transforma a nosotros sino también a las formas de vida que le rodean y al espacio que habitamos, que convivir implica ser consciente del otro y de esas formas de vida que no se comunican a través de un conjunto de normas gramaticales sino de olores, formas, texturas, sonidos y que para aprender ese lenguaje es necesario el saber ambiental, el arte, el juego y la metáfora.
El último taller fue un juego que creamos desde la línea de práctica como insumo didáctico para la Corporación Ambiental GEDI. Se basó en el tradicional juego de apareamiento “concéntrese”, en el cual se mide la capacidad para recordar dos imágenes iguales. Nuestro juego es el resultado de la creación de un material didáctico que pretende articular los procesos de aprendizaje sobre el saber ambiental y el lenguaje metafórico. Su nombre, ECOn CÉNTRESE no sólo refiere a simples imágenes que se relacionan. Se trata de fotografías de árboles que se encuentran principalmente en espacio del centro de práctica, las cuales hicimos durante los recorridos y visitas al mismo. Cada imagen está acompañada del nombre del árbol y un escrito que proporciona información sobre cada especie a través de un lenguaje poético y metafórico con el fin de acercar al jugador de una manera sensible y estética a la planta. El juego cuenta con diez pares de árboles que elegimos cada uno de los practicantes de acuerdo con la relación que teníamos con las especies que habitan el Parque Ditaires y se configuran como elemento simbólico para cada uno. En ECOn CÉNTRESE, nuestras voces nutren los símbolos que no sólo esperan ser leídos y recordados por los jugadores, ya que no se trata sólo de un juego de memorización sino de interiorización del saber ambiental a través de un lenguaje metafórico. Es importante hacer hincapié en que el juego es un insumo didáctico para la Corporación Ambiental GEDI que pretende identificar y reconocer diversas características de algunos árboles del Parque Ditaires e incentivar prácticas de convivencia a partir del juego.
Finalmente es importante resaltar que todo el aprendizaje antes analizado y mencionado no desconoce que hay discrepancias y tensiones entre nosotros como grupo de maestros en formación, pero ahora reconocemos con mayor claridad que los diferentes puntos de vista nos enriquecen y nutren nuestro quehacer, nos hemos cazado y hemos cazado nuevas visiones, pues la construcción de la convivencia y el saber ambiental desde la educación, no se da a partir de un pensamiento único y disciplinar, sino desde la diversidad, la pluralidad y la diferencia.

Espacios intermedios: humor, cocina y trayectos.

Los procesos de la práctica pedagógica, no sólo se dieron desde el deber académico, sino también desde los espacios intermedios. Estos momentos conformados por costumbres, necesidades y sentires, se convirtieron en espacios de aprendizaje y construcción del saber, por lo cual los queremos resaltar.
Los espacios intermedios, siguiendo la idea del filósofo Jacques Ranciére (citado por Agra, 2013), como lugares cotidianos y de la experiencia, en los que se desarrollan procesos de aprendizaje. Son puentes, el lugar de cruce entre las disciplinas, es decir, lugar de lo inter y lo transdisciplinar, donde se establecen relaciones que se mueven entre las fisuras. Estos espacios de transición en los cuales, en nuestra contemporaneidad, dada por una vida agitada y sin tiempo, son desde donde podemos empezar a hacer fisuras al mundo ordinario.
En este sentido, el espacio que es GEDI en Ditaires, Itagüí, es decir, lugar no convencional, lugar no escuela, lugar no salón de clase; nos permitió habitar y construir estos espacios intermedios sin apresuramientos temporales, sino, permitiéndole a cada momento su justo tiempo. Sumado a esto, se establecieron relaciones amistosas entre los diez “practicantes” y los integrantes de GEDI. Con facilidad dejamos de ser visitantes, construimos un lenguaje propio y nos apropiamos del lugar, como quien está en su casa: cocinábamos, barríamos, organizábamos, escuchábamos música, cantábamos, caminábamos, juntos compartíamos
Estas actividades estaban mediadas por el humor. Retomando a Gustavo Wilches-Chaux (1996), “El humor, como dice el Webster [diccionario de la lengua inglesa], nos ayuda a poner en evidencia el absurdo cotidiano, con el cual, a fuerza de convivencia, terminamos voluntaria o involuntariamente confabulados” (p.27). De ahí que, en medio de risas, surgieran metáforas u otras formas de nombrar, por ejemplo, Parradigma: un neologismo desprevenido, entre el apellido de nuestro profesor y asesor Carlos Parra y la palabra paradigma. Esta palabra la usamos para referirnos a todos los procesos de transformación y conocimiento que se daban a través de la práctica pedagógica y el seminario. De estas “pausas comerciales” también surgió la adquisición de un título para cada grupo de trabajo: ANA, Los Distópicos y Los Cazadores, con el cual nos identificábamos, burlábamos e indisciplinábamos la rutina. Otro término es desplayarse, haciendo referencia a relajarse, dejarse llevar por el sentir y no limitarse por los miedos.
Entre humor y risas, también cocinábamos y comíamos, porque como dice Virginia Woolf, uno no puede aprender o amar, sino no ha comido, o como dice nuestro asesor, deje de comer y verá qué pasa con su subjetividad. De ahí que compartir y comer se hiciera importante en el proceso y actividades del encuentro en el centro de práctica. Descubrimos que nuestra forma de vida nos alejaba del universo de la cocina. Qué cada uno poseía un lenguaje y orden propio para preparar recetas y para comer, e incluso, para picar. Además, entre recetas y cocinar, surgían cuestionamientos sobre si uno es lo que come, entonces ¿qué somos nosotros? Y ¿cómo y de qué nos alimentamos?
También reflexionábamos cómo desde la alimentación se reflejan las problemáticas socio-educativas-ambientales, donde la homogenización a través de la alimentación es evidente si consideramos la variedad de productos que encontramos en un supermercado; por ejemplo, se comercializan más cierto tipo de frijoles, excluyendo la variada que existe de este. Además, en términos de globalización, nos cuestionábamos sobre los privilegios del subdesarrollo, ya que vivir en un país “tercermundista” nos ha permitido una relación con las plantas y alimentos más directa, mientras que, en los países desarrollados, los alimentos son sobre-procesados, al punto, que a un niño en su inocencia le cuesta reconocer un pollo-animal-naturaleza-vida, de un pollo envasado del supermercado.

Estas conjeturas se fueron ampliando al aprender procesos de permacultura, en una charla a cargo del venezolano Fyto Sandoval. Este no sólo nos contó sobre otras dinámicas de consumo y los procesos transgénicos en las semillas, sino también de convivencia, donde una comunidad se asumía desde un pensamiento sistémico, que se da desde la acción mancomunada y funciona desde un pensamiento prosumidor (Es decir, aquel que produce lo que consume) y no desde el consumo individualista. 
De este modo, cocinar fue un espacio intermedio, que revelo nuestras prácticas de convivencia y saber ambiental, desde la necesidad y lo habitual que es el comer y alimentarse. Tales prácticas como: comer lento o rápido, bastante o poco, los gustos y desplaceres, servir y sentarse a la mesa, comer juntos, y, sobre todo, la conversación que surge alrededor del fuego y la comida; estas, hacen parte de nuestra identidad, cultura y forma de con-vivir en la vida. También, había prácticas gratas para la “Vida dulce” o buena convivencia, que, por ejemplo, iniciaban en una acción como la de nuestro compañero John de regalarnos dulces de Cardamomo o Moringa, y este detalle, se podía transformar en un momento para reír y compartir, pero también, de aprehender el saber de aquel instante que se hizo memoria a través del cuerpo, como cuando éramos niños.
La ubicación de GEDI, en el parque de Ditaires, nos daba pie para realizar caminatas entre las actividades. Estas caminatas intermedias servían para des-bloquearnos y re-crear ideas. También para tener el tiempo de contemplar y asombrarnos de la vida, del nacer de una mariposa o de un árbol, que acabábamos de ver en un libro. Además, explorar en estas caminatas propiciaba las risas, la curiosidad y la expectativa. Así, desde lo que plantea Cárdenas Páez (2004), al referirse al método de aprendizaje e investigación desde la transducción, “Cuando rebasamos el molde convencional, cuando desbordamos la costumbre, aparece la sorpresa, perdemos la confianza, nos volvemos creativos” (p.4). Regresábamos a la Corpor-acción, desentumidos, a-sombrados y cre-activos para continuar con las actividades.
Pero no todo es armonía, también en los espacios intermedios está el caos. El 13 de febrero del 2018, el metro de la ciudad de Medellín colapso y con él, se desconfiguró toda la ciudad. Ese día se prometía como un encuentro indisciplinador del seminario de práctica, sería en el espacio de GEDI, Itagüí, a las 6:00pm; pero muy pocos lograron llegar al punto de encuentro. Algunos naufragaron en el trayecto, quedaron atrapados en medio del embotellamiento hacia la autopista al sur. Sin embargo, ahí, en ese espacio intermedio que es el transporte público, también se daba la investigación a/r/tográfica, los procesos de convivencia y las problemáticas socio-ambientales; ahí, nuestro cuerpo era centro de práctica y también GEDI, que durante el proceso se hizo, más un sentir, que un lugar. En estas situaciones de incertidumbre, el humor fue clave para aminorar la impaciencia, el hambre y la angustia de no tener el mínimo control ni del tiempo y ni del espacio, y mucho menos, de la lluvia, que, como todo un típico cuento de terror de un día 13, brota de las nubes grises, para llevarse el protagonismo cuando se creía que nada podía ser peor. Este fue un momento para respirar, y sentir que la vida se da entre el orden y el caos, y no, entre el orden o el caos.
Lista de asistencia al seminario de práctica pedagógica donde se destaca a través de un dibujo realizado por la compañera Angela, nuestro sentir sobre el día 13 de Febrero. 
Desde los espacios intermedios “también se poetiza y transforma la existencia, cocinando, tejiendo, soñando, celebrando, jugando, conversando, riendo. Podemos hablar de una resistencia poética que posibilita que la vida se manifieste desde dimensiones diferentes a la lógica productivista y planificada” (Gil, 2017, p. 217).




[1] Siembra de árboles a nivel de la carrera 58b con la avenida regional al costado de la quebrada La Bermejala, un afluente de gran relevancia para la comunidad del nororiente de la ciudad de Medellín.
[2] Ubicado en los alrededores del Estadio Ditaires del municipio de Itagüí.
[3] Hábitat considerado pulmón verde del municipio de Itagüí que hoy día se encuentra en proceso legal para ser declarado Área Protegida Urbana (APU).
[4] Hogar y centro de práctica
[5] Palabra creada por nosotros partiendo del término bundear que en el Chocó colombiano quiere decir bailar y uniéndola a lo que para nosotros es el baile, un arte, por eso bundearte, el arte de bailar. 









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