Isla Dayanna


Ante la niebla: Perderse también es encontrarse.


“No me siento perdida.
Es sólo que no sé dónde termina el mar que llevo dentro,
Y a veces me ahogo”

El primer día que iba hacia la Corporación Ambiental GEDI, me perdí en el trayecto: Robledo a GEDI. Mientras caminaba, buscando no estar perdida, tenía en la cabeza todo un conjunto de pre-ocupaciones y expectativas sobre la práctica pedagógica, la que era “de verdad”, o por lo menos, tenía más continuidad. Recordaba miedos construidos a partir de mis prácticas tempranas, pensaba en mis vacíos académicos, y en todos los prejuicios y anécdotas que se relatan en los pasillos alrededor de las experiencias de otros estudiantes. Pensaba en el futuro año y medio que empezaba ese día, en que todo estaba desordenado y que quería muchas cosas para construir el trabajo de grado, pero no tenía nada afianzado. Me pre-ocupaba, sobre todo, sobre qué haría durante este año de práctica. Quería encontrar algo que me apasionara, que me gustara hacer, algo que no se convirtiera sólo en una carga y un deber. En medio de todos estos pensamientos, llegué a GEDI.
Al finalizar ese día, al salir de GEDI, los miedos, preocupaciones y tensiones, empezaron a menguar. Sin embargo, era consciente de que esta era la etapa del enamoramiento, la etapa de deslumbrarse ante el faro de la luz en medio de la niebla. Pero en la marcha se reveló el faro. En cada ir y venir, toda aquella niebla inicial, se transformó. A través de la exploración y experimentación, la niebla mental, generada por miedos y preocupaciones, se fue disipando y empezó a tener forma primero de árbol, de flor, de naturaleza, luego, se hizo emoción, asombro, deseo, ganas de crear y conocer.  
De este modo, se dio el viaje el centro de práctica GEDI, significando estas cuatro letras no como una corporación física estable, sino como una corporación no convencional que te habita y que se moviliza en terrenos cercanos y lejanos/corporales y terrenales. En este orden de ideas, es que voy a destacar dos viajes que realicé con GEDI, el primero al iniciar el proceso y el otro, a pocos días de terminarlo.
El primer viaje fue a una vereda del municipio del Retiro para realizar un taller ambiental con jóvenes del programa Tejedores de cometas. Allí nos enseñaron los procesos de producción del café: desde el sembrado, cosecha, secado, hasta su comercialización y selección de calidad, donde el mejor café se vende y el resto se queda en casa del campesino. Desde este viaje se generaron en mí, cuestionamientos respecto a ¿cómo iba vincular, sin forzar o hacer malabares, los procesos de producción de café con mi pregrado? ¿Cómo era que la práctica de sembrar café era un lugar para la investigación desde mí saber disciplinar?  Así fue como empecé a de-construir en mí, una serie de jerarquizaciones y dicotomías de los saberes, construidos durante años de estudio académico. Este viaje, me llevó a lo desconocido, aunque era cercano, y a un re-conocimiento de otros saberes, como lo es el sembrar.
Este re-conocimiento de los saberes desde lentes no disciplinares, implicó un acercamiento a desde el respeto, aunque antes los reconocía como parte de las prácticas vitales para el funcionamiento del mundo, los consideraba lejanos a mi sentir, ya que, además, este sentir estaba traspasado por jerarquizaciones epistémicas. Al reconocer otras formas del saber cómo las de los indígenas, los afro o las decoloniales, etc., también me hallé parada en una isla ante un océano que ignoraba, se modificaron mis certezas y con ellas, mi realidad y mundo. Empezó a darse ante mí una visión pluridimensional, desde una concepción no moderna de la vida, no consumista, con un nuevo valor de la palabra comunidad y bien público. Por ello, se me hace necesario retomar a Francisco Javier Gil (2017), quien nos dice: “Los bienes comunes no sólo son el agua y la naturaleza, también lo son el espacio, los tiempos y los saberes comunes, aquellos que más allá de la subsistencia, garantizan los tejidos sociales y las tramas vitales” (p. 9).
El otro viaje fue una caminata por el parque Arví, ubicado en Santa Elena. Esta última salida, antes de terminar el proceso de la práctica pedagógica, me permitió reconocer en mí, todo lo que había estado aprendiendo sobre la vida en el último año. Estos aprendizajes y sentires respecto a cómo se había transformado mi con-vivencia con la naturaleza, con lo no humano, con la tierra olvidada, se daban no sólo desde el poder nombrar y no ver sólo paisaje, sino que también, desde el sentir, empecé a conmoverme ante la belleza de las plantas y los animales, me detenía ante un rayo de sol que tiene por lienzo las hojas de los árboles, me asombraba por el tamaño de una semilla y el universo que contiene dentro. Me encontré conmigo, me reconocí en las plantas, pude ver, que, su aparente quietud, no significa que allí no haya vida, y porque mis impacientes ojos no perciban su movimiento, no significa que no exista. Así viví y sentí disolverme en la naturaleza y comprendí que una construcción de valores desde un saber ambiental implica sentir.
Caminata al parque Arví. Fotografia: Paula Urrego

También, desde el acompañamiento que nos brindaron en GEDI, propiciaron escenarios para el proceso de re-construcción de la relación ser humano-naturaleza en nosotros. Para ello realizamos diferentes talleres y actividades desde un pensamiento ambiental, como lo mencionamos en el apartado la isla del re-encuentro. Además, adoptamos plantas, porque al final, uno no ama lo que no conoce, así, para mi caso, me inspire, cree y me apropie de: 

  • árbol: El árbol del pan o/y Jack,  
  • semilla: El Higuerrillo, 
  •    flor: La Maracuyá , 
  •  alimento: Los Frijoles                                                                                    
Estas acciones también dieron paso al disolverse en la naturaleza desde la construcción de expresiones artísticas, juegos y actividades lúdicas. Se despertó en mí, el universo de lo sensible y rehabilitó estancias guardadas en los rincones de la memoria de la infancia: periodo de mi vida en estado de conexión con el mundo no humano, el mundo natural; estado de conexión profunda con la vida, clausurado por las imposiciones, capas y dinámicas adultas de: no-ocio, el sin tiempo y la mesura.
dibujo de la relación Anfibio-Higuerrillo: meta-moforsis
La auto-exploración en este terreno olvidado, hizo parte del habitar en una extranjería, porque no se trataba de ver desde lo lejos lo no humano, lo otro-naturaleza, sino de disolverse, ser y explorarse así mismo, que es naturaleza, tierra, alimento, plantas y animales; esto se dio a través del hacer y la creación, entre el juego y la creación artística, que permiten una estetización de la vida. De ahí que, estableciera nuevas relaciones con la naturaleza desde otras formas de expresión o sistemas simbólicos, donde el crear estaba dado por una experiencia estética, que es propia de todos los seres humanos y se expresa desde diferentes lenguajes, que van desde la práctica de maquillarse, hasta el sembrar y decorar una casa con flores y porcelanas.
De este modo y con estas formas, se fue disipando la niebla que me impedía ver con claridad hacia donde me dirigía aquel primer día que me perdí en el trayecto hacia GEDI. Así las cosas, el sentimiento de niebla o miedo me ha sido necesario para mi autocuidado y supervivencia, sin embargo, también son el lugar del confort y de lo conocido. De ahí, que fuese necesario perderme para que, como en la vida y la metáfora, se disipara la niebla o el miedo, mientras iba de lo conocido hacia lo desconocido, encontrándome con nuevos paisajes, creando nuevas metáforas, dejándome seducir por el vértigo, como lo dice el escritor José Saramago “El viajero siente el vértigo de los grandes eventos cósmicos”, el viajero, el buscador, descubre el cosmos en sus manos cuando se pierde o encuentra con lo desconocido. Por esto, perderse también es encontrarse.
Dibujo de la maracuyá
Por las anteriores razones, viajar entre lo desconocido, habitar espacios extranjeros, buscar nuevas rutas, perderse, fue necesario para esta investigación y exploración de sí mismo. Encontrar nuevos espacios, nuevos mundos y dejarse llevar por la curiosidad, generó conexiones con lo des-conocido o re-conocido, posibilitó expandirse a otros lenguajes u horizontes.
Navegar por las rutas del saber ambiental ha sido la semilla para la construcción del Buen con-Vivir, que, como se trata de la vida, se da entre la apreciación de lo bello: una flor entre el verde paisaje. Y también, entre lo sublime: como el miedo a la indomable (in-disciplinada) naturaleza: El vértigo del viajero ante el abismo, ante las inmensas montañas, el vértigo del navegante al estar ante el océano y ante la noche oscura observando millones de estrellas. De ahí nace el sentimiento oceánico de lo sublime: ser y sentirse pequeño e insignificante. Sin embargo, ser parte de ese cosmos, de esas estrellas, de esta tierra, de ese mar, de esas montañas, porque somos todas ellos y ellos son todos nosotros, somos un universo contenido. 


Caminos para ser ¿artista?
Durante toda mi carrera universitaria he sido una nómada, una vaga-mundos, una tortuga marina con la casa a cuestas. Transito cada día cómo mínimo tres horas de viaje en bus, cada día como anfibio voy de una temperatura a otra, respiró un aire y otro. Vivo en el municipio de la Ceja en el Oriente antioqueño y estudio en la sede de Medellín de la Universidad de Antioquia.
El viaje diario, que como mínimo son 10 horas semanales en un bus, se ha convertido en un momento transcendental durante mi vida cotidiana. En este viaje tan rutinario he aprendido a descubrir, es un tiempo que he usado para dormir, para escuchar música, para charlas con extraños y conocidos, para pensarme. Es un espacio intermedio, un espacio de quietud productiva, en términos de mercado, pero al mismo tiempo en movimiento.
De este modo, el viaje por los mismos caminos ha transcendido, para no ser un inconveniente de tiempo y distancia, para convertirse en lo que, en Poéticas de la vida cotidiana (2017), Francisco Javier Gil llama Scholé (del griego, que traduce Escuela) es decir, mi tiempo libre para detenerme a pensar. El viaje es de los pocos momentos del día en que mi vida está en pausa, “haciendo nada”, porque sólo se puede esperar que ese momento pase y que sea. Es en este sentido, que he (mos) considerado el viaje, los caminos, el paso de una clase a otra, de la universidad a la casa o de la casa al trabajo, como espacios intermedios. Es desde estos espacios cotidianos, repetitivos, que se puede reflexionar, aprender y hacer consciente la vida, porque sólo siendo consciente de la rutina, de tus propios paradigmas, de tus automatismos y clichés puedes realizar verdaderos cambios, alterarla las prácticas y expandirse a nuevos mundos.
Son los espacios intermedios, es decir mi viaje, el estar momentánea-mente, el silencio, mis pausas de comas y puntos seguidos; Estos momentos cotidianos son los que me han permitido un instante de contemplación de la vida, detenerme en movimiento, mirar de lejos la vida que estoy viviendo. Este observarme, ha generado en mí la necesidad de representar y de simbolizar, de hacer un acto de expresión poética, de estetizar de algún modo mi vida. Es a partir de este sentir estético que, para una actividad de la clase de Literatura comparada del periodo 2016-2, surgió el proyecto artístico compuesto por el video-arte El 168 y la serie fotográfica Los efímeros, los cuales hablan de estos espacios intermedios que he habitado en mi rutina, del uso de transporte público en la ruta La Ceja-Medellin.
Este proyecto artístico es un ejemplo del “deseo de simbolizarse desde lo sensible [que] rebasa la simple expresión estética y placentera. Allí la experiencia del mundo y la experiencia de sí mismo se dan al unísono, es decir, se configura y trasciende lo que somos, sentimos y pensamos” (Gil, 2017, p. 4). Es así como la creación artística, y en este caso el ejemplo de efímeros y el 168, permiten una transformación de la relación con la vida a través de una nueva concepción del tiempo, del viaje, de la quietud, en un espacio no convencional para la formación del ciudadano, como lo es un bus.


















Hay que dejar claro que, aunque este proyecto no fue construido durante el proceso de práctica pedagógica 2017-2018, como ya lo habíamos advertido, partimos de la concepción del tiempo en espiral; Sin embargo, el proyecto artístico se vincula al paso por la práctica pedagógica, porque permitió una ampliación conceptual de las obras, además, de una exploración de mi identidad como Licenciada de la Facultad de Educación. Esta marca identitaria tomó relevancia cuando me postule a la Convocatoria de creación Auxiliares Administrativos y Guías Culturales Vicerrectoría de Extensión-Museo Universitario Universidad de Antioquia 2017, en la cual aprobaron el proyecto El 168 y Los efímeros, para ser expuestos en el museo de la universidad MUUA. 
Durante una entrevista sobre mi proyecto artístico me preguntaron que, si al ser yo de la Facultad de Educación, me consideraba artista, ya que era extraño que alguien de esta facultad se postulara a estas convocatorias, generalmente eran estudiantes de la Facultad de Artes. Estos encasillamientos son los desafíos disciplinares que nos plantea Santiago Castro-Gómez (2013) al referirse a la universidad arbórea estructura bajo “las tres culturas”: ciencias básicas y aplicadas, ciencias sociales y ciencias humanas. Donde lo más controversial, es que, dentro de cada conjunto de ciencias también predominan la dicotomización y babelización de los saberes.
La Facultad de educación, y específicamente el programa de Licenciatura en educación básica con énfasis en humanidades, lengua castellana, se ha encargado en los últimos años de apostarle a la interdisciplinariedad y ha apuntado a la transdisciplinariedad. Es así como desde allí, se ha creado una identidad del maestro que toca con otras disciplinas, sin embargo, esta identidad se construye sólo en la comunidad académica del saber específico, mientras que desde otras miradas disciplinares se continúan construyendo imaginarios binarios y arborescentes desde la cotidianidad académica, como lo vimos en el ejemplo de la pregunta realizada para la entrevista.
A través de estas situaciones es que empezó a modificarse mi identidad como estudiante de la Facultad de Educación, y ya que “la disciplina ofrece una identidad profesional, un reconocimiento público, una experticia recompensada institucionalmente” (Castro-Gómez, 2013, p.8), expando esta identidad a otras signos y lenguajes para comprender el mundo, que no sólo quedan en un sistema grafocéntrico al cual, como estudiante de lenguaje y literatura, quedo inscrita.
  El trayecto marcado por la práctica pedagógica ha resignificado mi identidad como profesora, ya que me ha permitido realizar conexiones transdisciplinares que me permiten no sólo argumentar, sino también ser y sentir todos los mundos que me componen, todos los saberes que me apasionan y toda la historia que me traspasa. Es así como otro de mis desvíos disciplinares más marcados ha sido el trazar con el cuerpo: la danza, de la cual hablaremos en el siguiente apartado.





Una pedagogía del archipiélago.

“Háblame con tu piel
Para creerte con la mía.
¡Déjame pielear con tigo!

Luis Enrique Mejía


“Quisiera no acariciar el cuerpo que amamos,
sino ser la caricia” Nicolás Gómez Dávila



El cuerpo es nuestro territorio, es el lugar para el aprendizaje y es a través del cual nos conectamos con el mundo. Los sentidos o perceptores somáticos son las ventanas que se abren para dejar entrar el mundo exterior. Sin embargo, a través de la historia, el cuerpo y con él, el uso de sus sentidos, han sido empolvados, empaquetados y condenados. El cuerpo ha quedado sólo como suciedad de la tierra, polvo al que algún día se volverá, ha sido sólo el empaque de un tesoro (del cerebro) y ha sido sentenciado a la mortalidad encadenando al espíritu. El psiquiatra y escritor, Luis Carlos Restrepo (1989) refiriéndose a las festividades dionisiacas, de la antigua Grecia, donde se propiciaba la danza y los estados de éxtasis colectivos, plantea que
A partir de la moralización platónica y con el advenimiento del cristianismo, estas expresiones orgiásticas fueron condenadas e identificadas con el mal, que a su vez se asimilaba al cuerpo, la voluptuosidad y el deseo. Reinó un llamado a la ascesis y el demonio de los sentidos fue férreamente encadenado. (Citado por Wilches-Chaux, 1996, p. 32)
Además, en cada época se han privilegiado algunos de los sentidos obedeciendo a las ideologías y dinámicas sociales, por ejemplo, para los griegos y sus métodos educativos, la vista era esencial, desde el teatro como ente pedagógico. Después, en la época del cristianismo, el oído se destacaba para ser receptor del discurso moralizante y religioso. Para nuestra época, es el sentido del gusto, quien nos representa. Somos una sociedad de consumo de papilla cultural, de consumo de productos light, que son digeridos fast, dado nuestro apetito insaciable de consumir. Es decir, para este periodo el perceptor privilegiado sigue revelando el comportamiento de la sociedad.
 Antes, el proyecto moderno, en su afán por el estudio de las especificidades y querer dicotomizar y jerarquizarlo todo, creó divisiones meta-físicas, como ya se ha mencionado, entre hombre-mujer, hombre-naturaleza, mente-cuerpo, razón-espiritualidad, verdad-ficción. Estas divisiones generaron rupturas en los bio-sistemas de vida, privilegiando la cabeza sobre el resto del cuerpo, para luego, ejercer control sobre él, y finalmente, sobre los sentidos y deseos.
Esta babelización y división de la vida, se ha dado doblemente, para el sexo femenino. El cuerpo de la mujer ha sido mercantilizado, ocultado, moralizado, desde el control patriarcal, la religión y la publicidad que condena a los cuerpos a cumplir con estereotipos de belleza hegemónicos.
Re-conocerme como parte de un sistema de mercado que ejerce mecanismos de control sobre mi cuerpo, mis sentidos, mis deseos; que me genera necesidades-innecesarias, y que ha creado en mí unos estereotipos de belleza que dominan mis sentires, miedos e inseguridades. Y que, además, me ha llevado a un consumo de mi vida, a un estado de autoexplotación, en un ir desmesurado hacia el “éxito”: estudiar algo productivo, graduarse rápidamente para producir dinero, casarse como orden social, seguir estudiando para ganar más dinero, comprar una casa; en palabras publicitarias tener “carro, casa y beca”. Esto como el orden de vida considerado exitoso al cual el sistema de vida moderno te arrastra.
Desde las anteriores consideraciones, es que surge la necesidad, haciendo frente a las problemáticas educativas-socio-ambientales, de una re-significación de los valores y la convivencia desde un saber ambiental que propone
 Propiciar la construcción permanente de una escala de valores que les permita a los individuos y a los colectivos relacionarse de manera adecuada consigo mismos, con los demás seres humanos y con su entorno natural, en el marco del desarrollo sostenible el mejoramiento de la calidad de vida. (PNEA, 2002, p.23)
Desde estos planteamientos institucionales, es que, para la re-construcción de los valores de mi vida, ha sido necesario un re-conocerme y re-significarme en el mundo. Además, de un sentirme, ya que, el saber ambiental necesita ante todo sentirse y para esto, se necesita una pedagogía de la piel, que cambie la mirada culposa sobre el uso de los sentidos y que enseñe la expansión de los sentidos, que enseñe a a-sombrarse y a admirarse de sí mismo, porque un saber ambiental
Se comienza a construir a partir de la contemplación cuidadosa de nuestras propias pieles, de nuestros propios cuerpos, de nuestras propias sensaciones. De la consciencia sobre nuestra consciencia y nuestra existencia. Del reconocimiento de cada uno de nosotros -del yo concreto como fractal del universo. (Wilches-Chaux, 1996, p. 20)
No obstante, el des-aprehender y dar-se cuenta de la propia existencia, es una tarea compleja y des-garradora, que requiere de una desintoxicación de información, que se ha establecido en mi piel durante 22 años. Como todo proceso de una buena limpieza, requiere de tiempo. Además, una pedagogía de la piel toca espacios íntimos olvidados e in-corporados, que se ocultan y silencian, para evitar que se abran grietas de miedos. Sin embargo, Marina Garcés (2013) nos dice: “Ser afectado es aprender a escuchar acogiendo y transformándose, rompiendo algo de uno mismo y recomponiéndose con alianzas nuevas” (citada por Gil, 2017, p. 216). Estas nuevas alianzas o relaciones, las he creado y sentido a través de una re-conexión de la intimidad con la naturaleza, donde, al reconocerme como naturaleza, caos-orden, cuerpo y tierra, perfecto-imperfecto; al juntarme y no dividirme más en entes metafísicos, me permití asombrarme, admirarme, respetarme y amarme.
 Aprender a cómo quererme (se), ha sido una búsqueda azarosa internamente. Quererse requiere conocerse como sujeto social-cultural-político-ambiental. Y para desarrollar esta tarea a profundidad, he buscado re-conocerme como sujeto histórico, pensándome en pasado a partir de preguntas como ¿De dónde vengo? ¿Qué me hace? ¿Quiénes me hacen? ¿Cuántos me hacen? Así, he descubierto mis raíces, mis genes, mis colores, mis sabores y mis discriminaciones.
El amor propio, el amor por lo que se hace, el amor por todos los que es, también es necesario, para des-prender y des-aprender paradigmas hegemónicos, y para des-encantar el sistema de vida moderno. Este amor, implica construcción, uno no ama verdaderamente con lo que no construye respeto y admiración. O por lo menos, este amor, necesita de eso, y también, del otro (humano-no humano). Así, nos lo explica Ana Patricia Noguera desde su texto Pensamiento ambiental y arte: El grito de la tierra en la piel del artista (2013):
El cuerpo, cualquiera que sea, se realiza como cuerpo en el sentir y ser sentido. La exterioridad, el otro, lo otro, configuran la vida del cuerpo porque éste sólo es, en tanto se disuelve en otro. Arte y pensamiento ambiental son entonces expansión de lo sensible. Son piel de la tierra, son tierra en pliegue. Una pedagogía de lo ambiental es una pedagogía en la piel de la piel. Pedagogía del sentir, del sentimiento, de la sensación, de la vida. (p.17)
De ahí que, amarse y sentirse desde la unidad mínima de vida, es decir, la célula, hasta el sentido más sentido, que es la piel, es un asunto que toca con el saber ambiental y el convivir consigo mismo y con lo/el otro, toca con el archipiélago que somos. Y como un uso de los sentidos y del sentir, requiere de la existencia del otro, para poder ser. La piel, es quien protege y conecta con el otro, que es el mundo; y es, en ocasiones, también el lugar de la intolerancia, de la discriminación y el dolor. La piel como espacio intermedio, como quien nos separa del vacío, necesita del otro: viento, frio, calor y también de la suave caricia, el abrazo del otro, del toque de otro, que me limita, me enmarca, me hace viva.
También, la piel como metáfora, es quien conecta aquello que me hace, con aquello que no me hace, pero también soy. En este sentido, se expande desde mi sentir, al sentir del otro que también me siente. Es un lenguaje de los sentidos, un lenguaje erótico, de la sensualidad (propensión excesiva a los placeres de los sentidos).  Es así como, también el arte
[…] trata de una experiencia vivida a través de los sentidos [sic], una experiencia física, en la cual nuestro cuerpo se convierte en un campo magnético por el que cruzan los cables de la belleza, del desorden, del vértigo, de la crueldad y de las infinitas posibilidades de esas sensaciones, sentimientos e ideas que el arte puede llegar a provocar (Olivares, 2011, citada por Agra, 2013, p. 77).
El arte, es un posibilitador de la expansión de los sentidos y lo sentido. Desde él, se re-significa la existencia. Es por esto que, desde mi sentir y mis pasiones, la danza contemporánea, la cual práctico desde hace tres años, se ha convertido para mi vida, en un estimulante para mi disfrute y placer, como un acto orgásmico de liberación de hormonas para amar y ser feliz. Danzar es mi analgésico para los fenómenos modernos de belleza y autoexplotación. Es una necesidad. Lo hago para sacar de mí el cúmulo de palabras que nunca diré, porque prefiero abrazar. También, para aprender a amar todo lo que soy y como funciona todo eso que soy, para respirar más fuerte y sentirme más viva, para saber que no estoy sola, porque danzar es pensar en el otro, es saber el otro, es saberse en el espacio, y saberse así mismo. Es auscultarse en movimiento.
Danzar es el salto al vacío, escribir con el cuerpo en la página en blanco que es el espacio entre objetos (Graciela Montes, 1999), respirar el espacio, ser-espacio. Respirar el otro, ser el otro.  Así, el saber ambiental, la pedagogía de la piel o del archipiélago, es una práctica para el re-encantamiento del mundo, ya no desde una “invención del otro[2]” sino, siendo y estando con el otro. El archipiélago expandido, metaforizado o re-significado de la siguiente manera:

  1.  Desde su composición morfológica: Archi-pielago = Superior y mar,
  2.  Desde su utilización sociolingüística inicial = para referirse al Mar Egeo: Sembrado de Islas.
  3. Desde el saber ambiental = Archi-piel-ago: lo que emerge-piel o sentir-verbo hacer. Así las cosas, entonces: Práctica para emerger (in-disciplinar) la piel (el sentir) oculta y empolvada por las prácticas moralizantes y disciplinadoras del proyecto pedagógico moderno. 
Siguiendo las coordenadas anteriores, el archipiélago no pretende ser una nueva verdad absoluta, por eso se ha hecho metá-fora para in-dis-poner paradigmas ya establecidos y conocidos, y proponer una convivencia, un lenguaje, una investigación, un sentir y unas prácticas de vida que se resignifican, para que poder digerir mejor (parafraseando de nuevo a Wilches-Chaux, 1996) o aprehender, lo olvidado, lo oculto, lo subalterno y así hacerse centro de práctica.
La metáfora, aquello que media, que conecta, que es también cuerpo y piel, y, puente en el archipiélago, es decir, el mar, en el conjunto de islas separadas por aquello que las une; nos ayuda a comprender el tejido de la vida, en la que todo está vinculado, desde el sólo hecho de convivir en este inmenso archipiélago que llamamos tierra, lo cual, expande el concepto de lo que llamamos vida. Además, al expandir o re-significar la existencia sobre la tierra, nos damos cuenta de que “El hombre no tejió la trama de la vida/ es una mera hebra de la misma. Lo que le haga a la trama, se lo hace así mismo. (Ted Perry, citado por Capra en el epígrafe de su libro la trama de la vida, 1998). En este sentido la pedagogía del archipiélago, es un sentí-pensarse com-pasión, es decir, invita a sentir la pasión del otro, relacionar la pasión del otro con la propia experiencia.



Formación de sí: entre silencio y ruido.     

También esta noche, Tierra, permaneciste firme.
Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor.
Y alientas otra vez en mí
la aspiración de luchar sin descanso
por una altísima existencia.
 Fausto, citado por Estanislao Zuleta, 1980.

Bastaría leer el célebre ensayo Elogio de la dificultad (1980) de Estanislao Zuleta, para decir lo que se quiere decir en este texto. Sin embargo, no sería coherente con la reflexión que acabo de empezar. De este modo, este último texto, no es más que un texto sobre el texto, un metatexto y también es, intertexto.
Para la realización de este proyecto de grado, como acto humano, requirió de procesos de saber ambiental y convivencia. Esto se vio reflejado, en la relación entre todos los sujetos involucrados directamente con la construcción de la investigación, es decir, quienes cumplen los roles de asesor, maestra cooperadora y los autores-nosotros-yo. También, se reflejaron en la construcción del proyecto, tanto escrito como práctico.
Es desde este último proceso, que surge la necesidad de construir esta reflexión, ya que, como se ha mencionado escuetamente en el apartado anterior, (apartado pedagogía de la piel) los campos que ha toca esta investigación, han requerido de un des-aprender, un des-garramiento, una des-intoxicación y re-significación, lo cual implica en sí mismo, cambios, distorsión de las prácticas y los saberes, y reflexiones respecto a cómo asumimos nuestra relación con la vida. En este sentido, hablamos de restablecer verdades, de salirse de la zona de confort y desafiar las soluciones definitivas.
El sistema de vida moderno, nos ha homogenizado a través de la razón y el establecimiento de verdades-mentiras, y sin bien, en la actualidad continúan muchas luchas, de estás, también el sistema capitalista se ha adueñado (ver Anexo: Ruido por un sueño burgués). El mercado patrocina la creación de la diferencia, que, a su vez, es creación de verdades, de fanatismos, de luchas individualizadas que rechazan lo otro; también del  mesi-ismo, y facilismo, sobre lo que Estanislao Zuleta, nos dice:

Así como se ahorra sin duda la angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por lo propio y un odio por lo extraño y se produce la más grande simplificación de la vida, la más espantosa facilidad. […] porque lo que el hombre teme por encima de
todo no es la muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto (Zuleta, 1980, p.17)


La usencia o rechazo de la angustia o tensión, en la construcción de una formación integral para el desarrollo adecuado de la convivencia, ha idealizado la vida y los deseos que mueven a las personas. El ciudadano moderno va en busca de finales felices, paraísos y utopías, ubicándose en una zona de confort, lo cual, da lugar a una concepción facilista y mediocre de la vida, llena de excusas y “peros” que justifican cualquier accionar.

Desde los valores sobre los cuales se plantea el saber ambiental, desde una metodología transdisciplinar y artográfica, que se fundamentan como una pregunta abierta, que no buscan sustituir y se dan desde “un humilde aprendizaje, de la realidad sin fronteras” (Juarróz, s.f.). Podemos afirmar, por ahora, que los procesos de saber ambiental y de resignifación de la convivencia se distancian del facilismo y de los automatismos, requieren de un verdadero accionar, de un desgarrar de sí aquello que impide recuperar la esperanza y la fe, en sí mismo, en el otro y en lo otro, aquello que impide cuestionarse, darle lugar a la duda y a pensarse así mismo.  

Sin embargo, no todo es desesperanza, el arte y el juego, como lo hemos planteado, nos posibilitan un interrogarse ante la vida, descubrir la cotidianidad y los automatismos, además, por su carácter creador y práctico, requieren de tiempo, dedicación y pasión. Un compromiso de responsabilidad con la formación propia, tan antiguo como la concepción de la Paideía griega, en busca de adquirir la areté, como también, desde los principios éticos de los pueblos indígenas del Amazonas, con la concepción del vivir y convivir bien o Suma Qamaña, que muy escuetamente se refieren a la búsqueda del ser humano por autoformarse desde una relación espiritual consigo mismo.

Finalmente, desde mi vida, la danza ha sido esencial en mis procesos formativos, ya que, desde allí, he transformado prácticas, como las mencionadas anteriormente, respecto al amor propio, y también, respecto al amor hacia lo/el otro. Desde la danza como arte escénica, grupal, que implica compromiso y dedicación, he estado aprendiendo a respetar el tiempo de vida del otro, a asumir la responsabilidad de mis palabras y acciones, a respetar los procesos de cada persona y darme cuenta de que, mis retrasos y mis excusas, al ser un arte coreográfico (grupal), estropean los procesos del otro y retrasan todo el avance del grupo al tener que volver sobre lo ya practicado. Y, ante todo, he aprendido que el facilismo, no es una opción en la práctica de un arte, porque al final, no hay nada más satisfactorio que el deseo constante de perfeccionarse ante una técnica o un movimiento. Del mismo modo, en sentido metafórico o relacional, la academia, sus exigencias, el reevaluarse, han sido necesarias en mis procesos de construcción personal.










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